Vivimos en una sociedad en muchas ocasiones paradójica a todos los niveles. Los que más tienen que decir, científicos, filántropos, humanistas son los que casi nunca tienen voz y cuando la tienen son ignorados porque no gritan. Sin embargo, las personas sin argumentación, que tienen poco o nada que aportar, porque no tienen conocimientos o porque sus argumentos son destructivos en lugar de constructivos, son los que además de escribir demasiado, la gente les escucha y pone como ejemplo.
Estas paradojas también se perciben a nivel educativo, y es el motivo principal de esta entrada: Analizar las que en mi opinión son más importantes.
Una de las mayores paradojas del sistema educativo, es que intenta fomentar el grupo como unidad, lo importante es que todos avancemos e intentemos crecer juntos. Que los miembros del grupo, se apoyen unos a otros, que aprendan unos de otros, que nadie se que atrás. Este hecho, visto desde el exterior, hacer que la labor educativa sea una tarea noble, generosa y desinteresada incluso, una labor de guía y orientación basada en el grupo. Hasta este punto es todo muy bonito e idílico, ahora bien el problema aparece cuando a esta dinámica añadimos la competetividad. La competitividad es la antítesis de lo expuesto anteriormente. La competitividad es la exaltación de la individualidad llevado al peor de los límites. Esta competitividad mal entendida, es lo que crea diferencias y tensiones en esa unidad que llamamos grupo y nuestra sistema educativo, y voy a decir más, nuestra sociedad se basa en este término. El mejor es el que mejor nota saca, el país que más produce, el que nunca pierde.
Hace tiempo un amigo informático estuvo participando en un proyecto con la suerte (en un principio) de poder trabajar con algunos de los genios de la empresa. El proyecto era bastante complicado, de ahí que la empresa formase ese equipo de "genios". Sin embargo, y muy a mi pesar de mi amigo el grupo se torno en una pesadilla. La mayoría de los componentes del grupo eran líderes de sus respectivos departamentos, acostumbrados a una dirección casi tiránica apoyados por su aura de genialidad y sus buenos resultados .... Por lo tanto, las reuniones de grupo eran una batalla campal digno de la primera guerra mundial, hasta tal punto que en tres meses la empresa tuvo que disolver el equipo sin conseguir ningún resultado. La empresa creó un nuevo grupo de trabajo, más "limitado", pero logró sacar adelante el trabajo, no sin complicaciones.
Lo mismo pasa respecto a la diversidad. Tenemos dos fuerzas opuestas que tiran de nosotros. Desde hace poco ha surgido una corriente social que se plasma en el sistema educativo, como no podía ser de otra forma, en forma de globalización. Todos en algún momento de nuestra vida vamos a estar "expuestos" a otra cultura, a otros países, a otra forma de pensar y debemos estar preparados para ello. Debemos ser capaces de percibir lo diferente como una oportunidad de enriquecernos, de coger la pieza que nos falta del puzzle y que no podemos encontrar en nuestra cultura y ser capaz de completar el puzzle. Sin embargo, la globalización se ha convertido en la defensa de uno mismo, de lo mío, la indivualidad.
Para concluir esta pequeña reflexión creo que este tipo de problemas se resuelven por consenso, dentro de un grupo, llamémoslo humanidad. Si no aceptamos la diversidad, al diferente, y luchamos contra ella, estaremos mostrando la peor cara del individualismo.
Buenos días, compañero Alberto,
ResponderEliminarAbsolutamente de acuerdo en todo. Tener una opinión fuerte está bien... en la medida en la que también seas capaz de escuchar a los demás.
Creo que puedo afirmar que esta es la mejor entrada que he leído en el blog de un compañero/a.
Un abrazo!
Muchas gracias por el comentario.
EliminarComentarios así me motivan para seguir adelante con este proyecto.
Un saludo.